La principal herramienta para crear entornos laborales emocionalmente propicios es la comunicación, entendida como la interacción entre el líder y el equipo.
El reto actual de los ejecutivos consiste en convertir la fuerza laboral de la que disponen en talento competitivo, porque el conocimiento acumulado y bien gestionado supone la permanencia y el futuro de la organización. Siendo necesario comenzar un proceso de aprendizaje que nunca tiene fin.
La inteligencia emocional ha irrumpido con fuerza en el mundo de la empresa, ya que vivimos una revolución afectiva donde hemos empezado a darnos cuenta de que los sentimientos y la gestión de nuestras emociones ocupan la mayor parte del tiempo efectivo de las actividades de un directivo.
Se ha demostrado que las competencias emocionales tienen un impacto directo sobre el rendimiento laboral, puesto que es imposible separar las emociones de lo que hacemos.
Las emociones y los sentimientos nos acompañan siempre. Por eso es importante aprender a gestionar las emociones en los entornos laborales, y esto es una cuestión prioritaria para obtener niveles elevados de desempeño y constituir una ventaja competitiva frente a la competencia.
El triunfo de la inteligencia emocional reside en admitir que las destrezas necesarias para perfeccionar los rendimientos laborales y sostenerlos en el tiempo no son aptitudes innatas, si no que se aprenden.
El reto actual de los ejecutivos consiste en convertir la fuerza laboral de la que disponen en talento competitivo porque el conocimiento acumulado y bien gestionado supone la permanencia y el futuro de la organización. Conseguirlo se basa en la disciplina, el esfuerzo y el estudio, ya que, para alcanzar una dirección resolutiva es necesario adquirir competencias y habilidades de administración de personas.

El ciclo motivacional se inicia cuando surge en la personas una necesidad que necesita ser satisfecha.
Esta demanda provoca un movimiento en el individuo que potencia un comportamiento determinado para saciar la necesidad.
Esta fuerza dinámica impulsa a actuar hasta que se logra satisfacer la necesidad.
Los motivos humanos son complejos, y por ello se han clasificado en tres dimensiones:
Motivo extrínseco: La acción está inducida por lo que se espera conseguir a cambio de ella. Están determinados por eventualidades externas, necesidades materiales, como por ejemplo el salario.
Motivo intrínseco: Se provoca un movimiento por lo que se espera asimilar, aprender y recrearse realizando dicha acción. Están determinados por eventualidades internas a cada persona (necesidades cognoscitivas).
Motivo trascendente: La acción nos satisface por la recompensa que recibimos al sentir que otras personas se benefician con nuestra acción. Son conocidas como necesidades espirituales.
Las actividades del directivo se agrupa en tres tipos de actividades que se realizan de manera coordinada:
Actividad estratégica: La primera función del directivo es obtener una organización eficaz. Para ello deberá enunciar, planificar y entender los objetivos y metas que contribuyan a facilitar los resultados.
Eficacia, motivos extrínsecos.
Actividad Ejecutiva: El segundo paso lo compone la manera de interactuar con las personas a su cargo, para conseguir trasladarles las tareas específicas que deben realizar y así poder alcanzar los logros planificados en la actividad anterior.
La finalidad del directivo en esta actividad es conseguir que su organización sea atractiva, es decir, que su gente conecte en un propósito.
Atractividad, motivos intrínsecos.
Actividad de liderazgo: Es la última función del directivo y la más importante.
Consiste en implicar a las personas con la organización a través de su trabajo, haciéndoles sentir parte de un todo.
Unidad, motivos trascendentes.

Modelo mecanicista: te pago por lo que haces.
Modelo psicosocial: te reconozco lo que haces, te doy valor.
Modelo humanista: valoras no solo tu beneficio, si no el de los demás.
La eficacia más la atractividad generan la unidad, que es el finalidad de las empresas emergentes.